Una nueva época

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Está de actualidad en los últimos meses, sobre todo al socaire de la publicación de varios libros sobre el tema en Estados Unidos, debatir si la economía mundial, después de los últimos veinte o veinticinco años de reestructuración y crisis recurrentes, se adentra en una fase larga de prosperidad que podría llegar hasta el 2020 o el 2025. 

Como siempre que el observador forma parte del fenómeno observado, en este asunto no es fácil llegar a conclusiones certeras pues la distinción entre lo puramente coyuntural y las tendencias a largo plazo no es siempre evidente.

 

Quienes tienden a defender que nos encontramos en el inicio de una nueva época de esplendor capitalista aducen diferentes razones.

 

En primer lugar, que se ha consolidado ya una auténtica «nueva economía» que ha convertido al conocimiento en el recurso esencial para el desarrollo económico, que se sostiene sobre procesos constantes de innovación y creatividad y que se organiza de forma mucho más fragmentaria y parcelada, de manera que facilita que las decisiones sean mucho más eficientes y capaces de garantizar el equilibrio económico. Además, se entiende que este tipo de nueva economía se ha consolidado ya irreversiblemente en las relaciones internacionales gracias a su inmenso y privilegiado desarrollo en los mercados globales, que crecen mucho más que los mercados locales vinculados principalmente a economías de signo tradicional. Se supone, entonces, que la generalización de este tipo de economía proporciona unas condiciones de intercambio y explotación de los recursos mucho más estables y rentables, lo que haría posible que, a partir de su consolidación, la economía planetaria recobrase el vigor a largo plazo que tuvo, bajo un modelo de crecimiento diferente, después de la II Guerra Mundial.

 

En segundo lugar, la idea anterior se fortalece a la vista de que la economía de Estados Unidos logra mantener una extraordinaria consistencia que le permite ejercer de locomotora de los cambios y como sostén de los impulsos compensatorios necesarios para inducir el crecimiento sostenido en el resto de las economías.

 

En tercer lugar, se argumenta como un hecho definitivo que todas las regiones del globo sin excepción, puesto que se incluye ya en estos procesos a la propia China comunista, forman parte de un proceso globalizador integrado y que, por lo tanto, no tiene alternativas en ninguna parte del mundo, sino que éste se ha convertido en un amplísimo mercado donde rentabilizar la inversión en nuevas tecnologías y en nuevos productos de consumo.

 

Por otro lado, se piensa también que los momentos de tensiones financieras más recientes han mostrado que, pese a todo, éstas últimas se pueden controlar finalmente sin que los costes de las mismas sean especialmente gravosos para el funcionamiento global de las finanzas. Es más, se minimiza el fenómeno de la financierización porque se entiende que es lo que permite incentivar y absorber más fácilmente el ahorro y se llega a considerar que la inestabilidad financiera permanente, más que un peligro real para la economía mundial, no es sino el mejor medio ambiente para que los capitales obtengan fuertes y rápidas ganancias.

 

Finalmente, se entiende que el solo fortalecimiento de instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Grupo de los Veinte permitirá disponer de mecanismos de regulación
internacional suficientes y adecuados a las necesidades globales de la inversión internacional.

 En mi opinión, lo que ocurre es que las políticas neoliberales han logrado imponer unas condiciones tan extraordinariamente favorables al capital privado que pueden permitir, efectivamente, que la economía mundial entre en una nueva fase de mayor estabilidad y crecimiento, aunque por razones distintas a las que se están señalando y también con efectos mucho más negativos sobre el bienestar humano. 

Varias circunstancias podrían corroborar el inicio de esta nueva etapa.

 

La primera, que efectivamente una gran parte del sistema productivo en la inmensa mayoría de las naciones ha culminado ya el proceso de reestructuración productiva iniciado hace años para dar entrada a una nueva base tecnológica y a una nueva forma de organización de los recursos de trabajo y capital, que se han consolidado suficientemente las estructuras de mercado a nivel mundial así como las reformas institucionales necesarias para ello.

 

La segunda, la disminución también prácticamente generalizada de las tasas de paro, si bien esto se produce en las condiciones a las que aludiré más abajo, lo que indica que el capital ha encontrado ya una vía de rentabilizar adecuadamente su inversión en fuerza de trabajo y que ya no tiene la misma necesidad que hace unos años de disciplinar a los movimientos obreros.

 

La tercera, que efectivamente parece que las tasas de crecimiento económico se mantienen en niveles relativamente estables o incluso al alza en la mayoría de las economías como
consecuencia de la confianza empresarial y del incremento de la demanda de consumo.

 

Y, finalmente, también podría aceptarse que, a pesar de los vaticinios más agoreros y de la permanente amenaza que intrínsecamente suponen, parece que se está siendo capaz de mantener bajo suficiente control a los movimientos de capital más inestables y desequilibradores, si bien es cierto que con «efectos colaterales» (como en el sudeste asiático) muy elevados.

 

Quizá pueda corroborar esta etapa de bonanza que el discurso neoliberal se utilice cada vez menos en su expresiones más directas y combativas para sustituirlo por versiones más edulcoradas, como los de la «tercera vía», que, aunque manteniendo los mismos presupuestos básicos, representan cambios formales en la manera de gobernar la economía y de conseguir la suficiente legitimación política y social.

 En suma, es muy posible que debamos considerar que empezamos a encontrarnos en un escenario muy distinto al de hace muy poco tiempo y que, efectivamente, podría traer consigo bastantes años de estabilidad capitalista. Aunque tampoco puede desdeñarse la opinión de quienes opinan que vivimos un momento largo de esplendor más bien virtual porque la economía mundial, y especialmente la estadounidense, se encuentran en una delicada fase de sobrecapitalización que se acompaña de un incremento artificial y peligroso, por insostenible, de la demanda de consumo privado, de donde se deduce que no hay demasiadas razones para esperar que la estabilidad y el crecimiento se sostengan a tan largo plazo como, desde el otro punto de vista, se mantiene. 

En cualquier caso, lo que es evidente es que la fase de crecimiento y estabilidad en la que podríamos encontrarnos tiene contradicciones profundas y consecuencias muy desfavorables para la inmensa mayoría de la población mundial.

 

El modelo de crecimiento actual se basa en la degeneración continuada del trabajo derivada de la precarización, de la temporalidad y del subempleo, esto es, en el divorcio entre esfuerzo humano y satisfacción que multiplica inevitablemente las fuentes latentes de depauperación y conflicto social.

 

A su vez, se sustenta en una utilización irracional y dilapidadora de los recursos medioambientales que lo hace civilizatoriamente insostenible y en el privilegio de las rentas de capital que multiplica las desigualdades entre territorios, entre colectivos y entre personas provocando una continua fragmentación económica y social.

 

La incorporación de la nueva base tecnológica y en general lo que se denomina pomposamente «nueva economía» inmaterial de las telecomunicaciones y los servicios se da en un marco de oligopolismo exacerbado y que no alcanza sino a una ínfima parte de la población mundial, lo que genera un marco de extraordinaria fragmentación y desestructuración productiva como la otra cara de la globalización de los mercados.

 

La base primordial de esta economía, lo que permite la obtención de ganancias más rápidas y elevadas sigue siendo la actividad especulativa en cualesquiera de sus dimensiones y no la creación de riqueza, lo que significa que las bases de la acumulación son extraordinariamente endebles y sometidas a una extrema incertidumbre.

 

Por otra parte, lo que los analistas ortodoxos denominan la nueva arquitectura financiera internacional y en la que confían para regular adecuadamente los flujos financieros no sólo es de alcance operativo muy limitado frente al flujo privado sino la expresión más fehaciente de que el actual modelo económico no funciona sino con mecanismos de regulación esencialmente antidemocráticos y ajenos a cualquier tipo de control soberano y popular, con las obvias consecuencias de desligitimación y conflicto de poderes que eso conlleva.

 

No puede olvidarse tampoco que el camino por donde puede discurrir esta nueva fase de expansión y crecimiento se establece muy al margen de la iniciativa pública o cooperativa, que se debilita continuamente; que no puede estar vinculado sino al uso banal de los significantes culturales y al empobrecimiento de las redes y los mecanismos de socialización; y que todo ello destruye las bases más esenciales en las que debe sostenerse la vida humana.

 

Y todo lo cual, sin olvidar, como estamos comprobando reiteradamente, que el gasto militar y su secuela de guerra, destrucción y muerte vuelven a ser un instrumento privilegiado de
estabilización económica y sostenimiento de la demanda.

 En definitiva, lo que pueden reflejar unos años de crecimiento estable no es que el capitalismo de nuestra época haya logrado más equilibrio económico y cohesión o consenso social, sino que el neoliberalismo triunfante ha propiciado condiciones tan inmejorables para el capital privado que permiten acelerar continuadamente el proceso de acumulación, aunque con costes sociales cada vez más elevados.

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