Contrastes

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Según un informe que se acaba de hacer público los beneficios de las empresas andaluzas crecieron un 140 por cien, he dicho bien, entre 1995 y 1997. En el mismo periodo la ganancia media por trabajador y mes aumentó en Andalucía, según los datos de nuestro Instituto de Estadística, un 6,7 por cien. En el último ejercicio, los beneficios aumentaron un 48 por cien, mientras que el incremento salarial, tal y como registran las mismas fuentes, descendió un 0,4 por cien en nuestra Comunidad. Los bancos, por su parte, nunca van a la zaga: sus beneficios aumentaron más del 20 por cien en el último año.

 

En estos últimos días también se ha hecho público un nuevo informe de Cáritas que indica que en Andalucía hay más de dos millones de personas en situación de pobreza, con ingresos inferiores a 44.255 pesetas al mes. Esto significa que un 30,2 por cien de la población andaluza y un 26,3 por cien de los hogares son pobres porque sus ingresos son inferiores a la mitad del ingreso medio nacional.

 Por cierto, que estos últimos datos, así como los de la evolución salarial, no merecieron ni mucho menos una atención semejante por los medios de comunicación. Los bancos y las Cajas de Ahorro, a pesar de que la mayoría de estas últimas están gobernadas por socialistas, no suelen destinar muchos recursos a evaluar la desigualdad y la pobreza. Les llama más la atención la situación de las empresas, como si sólo estas últimas fueran las que reflejan el estado real de nuestra economía y nuestra sociedad. 

Esos datos reflejan bien a las claras a mi parecer que Andalucía sigue siendo, como España en general, una tierra de demasiados y desgraciados contrastes socio económicos.

 

Desde luego, no sería malo que los empresarios ganen cada vez más dinero si eso contribuyese decisivamente a la creación de empleo y riqueza. Pero el problema es que no es eso lo que está ocurriendo. Precisamente, el informe de Cáritas muestra una vez más que la pobreza está especialmente vinculada al paro y a la precariedad. Nos guste o no, el ánimo de lucro que gobierna nuestras sociedades implica ahorrar todo aquello que es más costoso y explotar al máximo los recursos, sean estos materiales, humanos o medio ambientales.

 

Los números traducen sin disimulo la enorme brecha entre beneficios y salarios. Unos, los empresarios más favorecidos, ganan cada vez más dinero y otros, los trabajadores, se tienen que conformar con ir perdiendo poder adquisitivo de manera permanente.

 

Lo malo de todo ello es que esta situación no parece ser motivo de preocupación para nuestras autoridades económicas. Yo soy de los que piensan que el gobierno andaluz hace bien las tareas, pero que se ha equivocado de cuaderno. Se insiste en fortalecer una dinámica económica cuyas expresiones en términos de empleo, de beneficios o de crecimiento económico muestran una mejora sustancial en los últimos tiempos, pero, en mi modesta opinión, no se advierte que esa dinámica, ese modelo de actividad, tiene conflictos internos demasiado graves y negativos para el bienestar social. Los beneficios no se traducen en inversión, el empleo es cada vez más precario y el crecimiento está ligado a muy pcoos sectores y actividades, que además no son las que van a permitir que Andalucía se haga fuerte en un contexto nacional e internacional cada vez más conflictivo.

 

¿De qué le sirve a la mayoría de la población que se crezca mucho si los beneficios del crecimiento se reparten de manera tan desigual?

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