Crítica de la crisis y crisis de la crítica en la Universidad

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Un artículo de mi colega el profesor García Caballero, aparecido días atrás en este mismo diario, habrá llevado la inquietud a muchos ciudadanos cuando plantea, nada más y nada menos, que nuestra Universidad de Málaga está muriendo, como muestra, en su opinión, una serie de problemas cuya simple y rápido enunciado pone los pelos de punta a tirios y troyanos.

 

No entraré en la discusión de si la universidad muere, languidece, es asesinada, está en crisis de madurez, de crecimiento, o de si quizá sufre sencillamente de vejez prematura. Mucho me temo que, se quiera o no, el estado natural y deseable de la institución universitaria sea el de crisis. Esto no debería sorprender si se considera que cuanto mayor sea el vigor intelectual de sus miembros más fuertemente serían puestos en cuestión sus principios, sus normas, su funcionamiento y el papel de sus alumnos y profesores. La crítica y la crisis, lejos de envilecerla, enriquecen a la institución universitaria y la vivifican.

 

Respetando el análisis de García Caballero, e incluso compartiendo algún aspecto concreto del mismo, creo, sin embargo, que la situación actual de nuestra universidad debe analizarse tomando en cuenta tres circunstancias o perspectivas que, en mi muy modesta opinión, soslaya en su artículo mi colega y dirigente de la UGT universitaria.

 

La primera de ellas tiene que ver con el reciente pasado. Me parece injusto olvidar que ahora vivimos un periodo que podríamos denominar post-personalista, y que es, como toda transición desde ese tipo de gobiernos, siempre difícil. La universidad malagueña está hoy día ideológicamente desarmada, no aprecia el debate de ideas porque está desacostumbrada a llevarlo a cabo, ve raro que sus miembros articulen grupos de interés u opinión, que lejos de debilitarla la reforzarían intelectualmente, y a menudo sólo ve taimadas traiciones detrás de cualquier crítica.

 

Pero debe reconocerse objetivamente que este tipo de vicios se percibían ya con toda nitidez en la etapa precedente, con un rector de fuertes connotaciones personalistas y a cuyos afanes
individuales se sometió siempre la gestión, la buena y la mala, e incluso la auténtica no-gestión de su última etapa.

 

Se puede afirmar con rigor que las luchas intestinas, las «alcaldadas», la existencia de perseguidos y favorecidos…son fenónemos sustancialmente nuevos, inéditos en la anterior etapa de
gobierno?.

 

Hagamos frente a todo ello, pero no caigamos en el maniqueismo.

 

La segunda circunstancia se refiere a las carencias económicas de la institución. Hasta donde llegan mis escasos conocimientos, la financiación fundamental de las universidades depende de los presupuestos de la Comunidad Autónoma que aprueba el Parlamento Andaluz. Por lo tanto, me parece igualmente injusto que se culpabilice a un equipo de gobierno en concreto de las insuficiencias presupuestarias, ya que seguramente es mucho menos responsable de ellas que los parlamentarios que aprueban presupuestos insuficientes para la educación y la investigación.

 

Me consta, sin embargo, que es tradición de la Consejería de Educación el reservar una cantidad de recursos muy sustancial para repartirlos discrecionalmente entre las universidades, sin pasar por el tamiz parlamentario. De esa forma, los consejeros pueden garantizarse un amplio abanicos de favores, lealtades interesadas y sometimiento de los diferentes rectores, de tal manera que cada uno de éstos debe ganarse su simpatía política para poder disponer de mayor financiación, o incluso para poder hacer frente a gastos extraordinarios de sus respectivas universidades.

 

Esto sí que debe merecer la crítica de sindicatos, partidos y ciudadanos progresistas, pues se trata de un procedimiento lamentable, antidemocrático, que sencillamente bordea el principio de soberanía parlamentaria y que debería ser erradicado. Y, por cierto, muy bien conocido por el dirigente in pectore de la actual oposición universitaria, pues este arbitrio se ejerció hasta la saciedad en su época de director general de universidades.

 

Sin duda debemos preocuparnos ya con urgencia por la insuficiente financiación de nuestra universidad. Pero sería lamentable errar el disparo. La alternativa no debe ser, en mi opinión, escuchar embelesados el discurso de quienes se arrogan capacidad para resolver el problema financiero gracias a su presunta conmilitancia con las autoridades de la Junta, puesto que nos limitaríamos a agudizar un problema de arbitrismo y a sostener la cultura política del favor; es menestar, por el contrario, forzar, y creo que ésta es una palabra suficientemente expresiva, a la Junta para que garantice el servicio público universitario en Málaga sin discriminación respecto de otras universidades.

 

En tercer lugar, creo que no se tiene en cuenta algo elemental si lo que se quiere es generar un discurso que revitalice la institución universitaria.

 Mucho me temo que las grandes preocupaciones que afectan a la universidad de Málaga no son muy diferentes de las que se sienten fuera de aquí. He tenido contacto este curso que acaba con profesores de más de treinta universidades de España y el extranjero y creo que compartimos una buena parte de las limitaciones y problemas que denunciamos como si fuesen propios. 

Por eso me parece necesario darle a la discusión universitaria sobre la universidad una dimensión menos provinciana y más «universal», tratando de discernir lo que es accidental en el
gobierno de lo que es fundamental en los principios, en la estructura y en la naturaleza de nuestra función social.

 

Sin embargo, con todo lo anterior no quiero decir que el actual equipo de gobierno no cometa errores, o que no tenga nada que ver con la situación de nuestra universidad. Si hay alguien que haya podido comprobar personal y directamente hasta qué punto nuestras autoridades académicas han actuado gravemente equivocadas en alguna ocasión soy yo. Es más, creo que el actual equipo está muy paralizado como consecuencia de sus contradicciones internas, falto de programa y de plazos perceptibles por la comunidad universitaria, confuso en su política de apoyos y demasiado confiado en personas que desde fuera no le prestan más servicio que el de su mediocridad, ni más inteligencia que la poca que necesita la actividad conspirativa a la que se dedican de manera preferente.

 Pero una cosa es valorar los asuntos crítica y constructivamente, denunciando con contundencia lo que sea necesario, y otra descubrir ahora que el Pisuerga pasa por Valladolid. A pesar de las diferencias que pueda tener con él, me negaré a pensar que el problema de esta universidad sea que Diez de los Rios matara a Manolete.

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