El mercado y la democracia

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Diferentes medios de comunicación se han hecho eco de unas declaraciones recientes de Felipe González sobre el neoliberalismo, el mercado y la democracia. Sin duda, su opinión será
mucho más matizada que la recogida en los medios, pero como la intención de estas líneas es la reflexión más que la polémica, pueden utilizarse como una buena excusa para discutir sobre la idea que se le achaca y según la cual «no hay democracia sin mercado». Siempre es de interés discutir lo que pueden significar estos conceptos en nuestras sociedades modernas. Especialmente, ahora que quienes nos gobiernan parecen confundir la libertad de mercado con el entrar a saco en el mundo de las empresas, de los medios de comunicación o de las arcas públicas.

 

Vaya por delante la referencia necesaria a una experiencia histórica que no puede dejarse de lado. El intento de acabar administrativamente con los mercados, sin que se hayan dado
circunstancias históricas capaces de liberar al ser humano de la restricción y la escasez, ha constituído un enorme fiasco histórico, tanto desde el punto de vista de la economía como del de la libertad. Si algo debe enseñar la experiencia de los países del este de Europa es que las transformaciones históricas acuñadas simplemente a base de voluntarismo terminan por generar
costes sociales más inmensos que las ventajas que son capaces de procurar coyunturalmente a los ciudadanos.

 

Pero dicho eso, no puede aceptarse tampoco la concepción igualmente voluntarista del mercado que lo comprende como una realidad ahistórica y ajena al contexto social en que aparece.

 

En realidad, el mercado es un ámbito ambiguo, que puede estar, y de hecho ha estado, en formas sociales muy diversas pero que se caracteriza siempre porque permite facilitar el encuentro
preciso para que se lleven a cabo intercambios.

 

Claro que decir eso, es no decir nada. El mercado de cromos en el patio de un colegio, el de mayoristas de mi barrio, el de drogas o los que se desenvuelven en segundos en las bolsas o los
mercados de divisas son realidades sociales, expresiones históricas del mercado, completamente distintas. ¿En qué contribuye a la democracia la existencia de mercados donde sólo pueden intervenir las mafias, qué garantía de participación, libertad o igualdad proporcionan mercados cerrados, imperfectos, donde sólo unos pocos agentes poderosos deciden las condiciones del intercambio, lo que deben consumir, gastar o incluso pensar la inmensa mayoría de los ciudadanos?.

 

Por ello, cuando se habla de mercado deberían tenerse en cuenta, al menos cuatro grandes consideraciones.

 

La primera es que, con independencia incluso del tipo de sistema social, parece que puede considerarse como inevitable que una parte de lo que convencionalmente llamamos actividad
económica, e incluso una parte también del propio comportamiento humano, se resuelva en términos de cierta evaluación individual de coste/beneficio cuya decisión pueda adoptarse más
adecuadamente en un ámbito de intercambio libre. Esto podría llevar a pensar que el mercado, entendido como ámbito autónomo para el intercambio, no tendría que ser un obtáculo para el
progreso sino incluso lo contrario. Dicho de otra forma: para nada sirve la compulsiva obsesión, propia de las izquierdas tradicionales, por superar el mercado.

 

La segunda debe ser considerada inmediatamente después de lo que acabo de decir (lo que no suele hacer el planteamiento neoliberal). Sucede que no hay un mercado, sino que éste adquiere muy diferentes formas. Los mercados imperfectos, concentrados, con información muy asimétrica, etc. son radicalmente ineficientes en lo económico y, desde otro punto de vista, absolutamente contrarios a la exigencia de igualdad que es un presupuesto básico de la democracia. No aportan nada más que la posibilidad de beneficio extraordinario para quien disfruta de privilegio en su seno y en nada contribuyen a la mejor o más económica organización de los recursos sociales. Es más, suelen ser el resultado de actuaciones no nacidas de la libertad de mercado, sino justamente de su conculcación, a veces del robo, del saqueo o de la estafa.

 

La tercera cuestión es que los mercados no son, en ninguna situación social, mecanismos autónomos. Pueden proporcionar capacidad de actuar con autonomía a los agentes, pero requieren
siempre una envoltura institucional o normativa muy precisa. En contra de lo que se suele decir, los mercados no funcionan solos, sino que allí se funciona según se ha establecido en los derechos de apropiación que fijan qué se puede o qué no se puede hacer en su seno. Por eso, lo que puede fortalecer a la democracia no es el mercado en sí mismo, sino la existencia de un entramado normativo a su alrededor que lo regule de tal forma que sirva para satisfacer el interés general. ¿Qué tiene que ver con la democracia un mercado que permite el destrozo ambiental, el envenenamiento, la miseria, el trabajo infantil o incluso el despilfarro?. Precisamente, un problema grave es que los mercados capitalistas (los que han sido institucionalmente definidos para salvaguardar sobre todo y de forma muy privilegiada la propiedad privada) tienden a funcionar «mejor» cuando el entramado normativo se olvida de otras instituciones sociales, de otros derechos o de otras preferencias colectivas distintas al simple enriquecimiento privado. Por eso los mercados capitalistas funcionan tan eficazmente en regímenes dictatoriales y de ahí la tensión histórica entre la libertad de mercado que beneficia a los propietarios de recursos y el intento de alcanzar otros valores u objetivos preferidos por quienes no están en posiciones económicamente privilegidas.

 

Finalmente, no puede olvidarse algo elemental. En cualquier caso, el resultado que se obtenga en el mercado es independiente o ajeno a la cuestión distributiva. Se puede alcanzar (si se
alcanza) un resultado técnicamente óptimo, pero con una distribución de la renta o la riqueza completamente desigual. En realidad, lo que más bien sucede es que el mercado produce y
reproduce permanentemente desigualdad. Por eso, o se defiende el mercado en abstracto y se calla entonces frente a la pobreza o frente a la insatisfacción que genera o, por el contrario, se plantea corregir el marco normativo que favorece esos resultados. Porque la democracia no es sólo participación formal, es también capacidad efectiva de satisfacción. Y el mercado sin una regulación institucional apropiada, sin mecanismos que corrijan los resultados perversos que provoca el régimen institucional que lo acompaña en las sociedades capitalistas, suele convertirse, precisamente, en un auténtico depredador de bienestar.

 En suma, la izquierda no puede dar por cerrado el debate sobre el problema del mercado. Ni conviene soslayarlo con actitudes nominalistas, ni tampoco simplificarlo.

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