El ‘PROYECTO HOMBRE’ contra la droga

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Juan Torres López, Francisco Martos Crespo

 

El ‘PROYECTO HOMBRE’ es un programa de acción al servicio de los toxicómanos y familias afectadas cuyos objetivos principales son recuperar la dignidad de los drogadictos, cuidar de su rehabilitación, preparar a las familias para que cooperen en su reinserción y concienciar a la sociedad sobre el problema de la droga.

 

Su filosofía podría quedar perfectamente clara con las siguientes palabras de uno de sus fundadores en Italia: «los toxicómanos no son extraterrestres de los cuales nos tenemos que defender porque atentan contra nuestra seguridad, son mujeres y hombres como los demás; juntos tenemos que encontrar soluciones a los problemas que nos rodean y estar dispuestos a recoger lasprovocaciones que su realidad nos transmite».

 

Los medios de que dispone el ‘PROYECTO HOMBRE’ en nuestra provincia son tan escasos como gigantesca la generosidad que aportan las personas que le dan vida. Algún edificio del Obispado, reducidos locales municipales, la dedicación tan silenciosa como eficaz de una congregación de religiosas y el ingente esfuerzo de un ejército de voluntarios con no más armas que su solidaridad.

 

A pesar de ello, son cientos las personas acogidas y muchas más las que han tomado conciencia de que se puede hacer algo por los demás y de que por intermedio de la participación y de la solidaridad se pueden comenzar a cambiar muchas de las lacras execrables que encontramos en nuestra sociedad.

 

¿Quién no es consciente hoy día del problema de la droga, de sus efectos sobre la juventud y del residuo mortecino y desesperante que proyecta sobre las conductas sociales de todos nosotros, no sólo de los toxicómanos?.

 

No es difícil apreciar dos actitudes diferenciadas frente a esta lacra: percibirla como una simple desgracia si afecta a personas cercanas a nosotros o repudiarla sin más, como un vicio indeseable del que nos sentimos librados.

 

Nos parece que ni una ni otra permiten reconocer las dos circunstancias que afloran detrás de este problema social. De una parte el desequilibrio personal que afecta a quien cae en sus redes y, de otra, el criminal entramado social que a fuer de no combatirlo puede hacernos a todos, pero muy especialmente a los poderes públicos, cómplices del problema.

 

Hasta hace muy poco tiempo los gobiernos apenas si reaccionaban ante el problema de la droga. y aún hoy nos atrevemos a decir que van a remolque, unas veces de las organizaciones de voluntarios, otras de médicos, psicólogos y juristas y casi siempre a remolque de unos vastísimos intereses económicos más poderosos que los propios gobiernos, con quienes a veces incluso comercian.

 ¿Cómo es posible no conocer la faz criminal de los grandes traficantes?, ¿cómo puede explicarse la impunidad?, ¡cuántas sorpresas quizás nos llevásemos!. 

Es posible que no sea fácil luchar contra un entramado semejante. Pero no es tan difícil deducir que para acabar con el azote social de la droga no bastan estrategias tecnocráticas.

 

Como vienen diciendo reiteradamente expertos juristas no es suficiente la política represiva que provoca mercados negros y no limita el consumo. Como reconocen los sociólogos, de poco sirven las políticas nacionales antidroga unidas a situaciones de desempleo masivo, de falta de expectativas vitales para millones de marginados. O como dicen los economistas, de nada sirve mejorar las abstractas magnitudes macroeconómicas si se soslayan los aspectos sociales de la economía y por mor del sacrosanto valor del beneficio se condena a la pobreza y a la marginación a millones de seres, víctimas propiciatorias después de la droga.

 

Estos aspectos macroscópicos del problema de la droga no pueden hacernos perder de vista los enormes problemas personales y familiares que lleva consigo. La incapacidad o la falta objetiva de voluntad de quien debiera tenerla no puede llevarnos a serpresas de la impotencia.

 

Por ello, alternativas de recuperación y concienciación como el ‘PROYECTO HOMBRE’ deberían contar con todo nuestro apoyo; con el de los ciudadanos de a pie y, sobre todo, de quienes poseen los medios: de los poderes públicos.

 

Con proyectos de esta naturaleza no se podrá terminar totalmente con el problema de la droga pues para esto se requiere un compromiso internacional para establecer un marco jurídico realmente efectivo frente al tráfico y sobre todo terminar con un esquema de valores sociales donde el beneficio y la riqueza lo justifican todo.

 Pero alternativas como el ‘PROYECTO HOMBRE’ permiten solucionar cientos de tragedias individuales y familiares, acostumbrarnos a hacer de la solidaridad y la generosidad una pauta de comportamiento colectivo distinta a la que predomina en nuestra sociedad y, sobre todo, a consolidar en nuestras conciencias un deseo inquebrantable de decir bien alto un «¡basta ya!» que torture los oidos de quienes se enriquecen matando y de sus adláteres de todo tipo. 

Hasta el momento, sin embargo, las ayudas materiales necesarias para que el «PROYECTO HOMBRE’ se consolide son escasas.

 El propio Rey Juan Carlos ha afirmado refiriéndose a este Proyecto: «vuestra institución es un modelo de lo que deben ser las actividades de «voluntariado» y de lo que pueden contribuir en beneficio de la sociedad. Una sana colaboración de los poderes públicos con este tipo de instituciones, surgidas de la iniciativa social representa un camino enormemente fecundo y su incremento y fortalecimiento es, sin duda, un modo de enriquecer la vida social». 

Estas palabras, desgraciadamente, no parecen haber tenido demasiado eco. Recientemente el comisionado para la droga de la Junta de Andalucía rechazó la subvención que se le había solicitado.

 

No es momento y seguramente carecería de sentido ahora enjuiciar las razones o prioridades que puedan llevar al alto comisionado a una negativa de apoyo al «PROYECTO HOMBRE’ en
nuestra provincia. Es el momento, simplemente, de la solidaridad.

 

De quienes tengan creencias religiosas para poder explicitar que éstas efectivamente se sustentan en compromisos efectivos con los demás, de quienes no las tengan para poner sobre la mesa sus reales compromisos éticos.

 

Ya va siendo hora de que sepamos quienes están por una sociedad justa y solidaria y quienes por cerrar los ojos ante la pobreza, la marginación y la liturgia colectiva del beneficio.

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