Esperar mejores tiempos o forzar los cambios sociales?

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 Justo cuando toma posesión en España el primer gobierno estricta y globalmente neoliberal es más conveniente que nunca plantear cuál puede y debe ser una postura inteligente de la izquierda para lograr que, en el plazo más corto posible, se evite un deterioro del bienestar social y, por el contrario, se esté en condiciones de impulsar políticas económicas que permitan cambios efectivos y de progreso en el futuro. 

Para ello me parece que hay que superar en principio dos grandes peligros.

 

El primero consistiría en plantar cara a la avalancha neoliberal que se avecina con la sola armazón del negativismo, brillante en las tribunas parlamentarias y en los titulares periodísticos, pero absolutamente insuficiente para forjar un discurso económico alternativo coherente, consistente y de posible aplicación en el futuro.

 

Para recobrar el impulso social perdido y la capacidad de gobierno necesaria no sólo se requiere disponer de un plantel de buenos especialistas, conocedores de los entresijos de la administración y con los callos habitualmente ya duros de cualquier ex-ministro. Con seguridad que de ahí se derivará una oposición puntillosa, inteligente y con una capacidad innegable para provocar la necesaria tensión al Ejecutivo. Pero con ese bagaje sólo se estará en condiciones de reproducir, seguramente cada vez con menos convicción, los rituales mentales del pasado.

 La izquierda que estuvo en el Gobierno no puede tratar ahora de limitarse a reverdecer su discurso centrista anterior, como aquella que se mantuvo en la oposición no puede seguir sosteniéndose de por vida sobre la base de un izquierdismo nominalista tan orgulloso como habitualmente poco útil. 

Un segundo peligro que me parece necesario vencer es el de caer en la tentación de pensar que las cosas volverán a su cauce, esto es, al cauce del centro izquierda, por sí solas.

 

No sólo creo que se trataría de una estrategia gravemente dañina para los intereses de los más desfavorecidos de este país (si es que se me permite esta expresión tan poco de moda), sino
que además sería complemente autoparalizante.

 

La derecha española se encuentra ahora en condiciones muy excepcionales para dar un giro a la tuerca neoliberal que se venía haciendo muy necesario y que el gobierno de Felipe González no pudo llevar a cabo, tanto por su propias limitaciones de gobernabilidad, como por las tensiones que ello provocaba en el electorado y militancia socialistas.

 

Se puede vaticinar que en los próximos dos años se van a dar condiciones favorables para conseguir los objetivos del proyecto económico de la derecha pues, aunque con efectos muy duros para el mundo del trabajo y las rentas más bajas a medio plazo, se puede producir un cierto «boom» inversor y financiero, sostenido seguramente por una política de apreciación de la peseta y ayudado por la relajación a la que habrá que someter al proceso de integración europea.

 

Ello, unido a la capacidad autolegitimadora de los gobiernos en nuestra era mediática, a la crisis sindical y quizá también al «sentido de estado» que podría gobernar la conducta de los dirigentes más centristas del PSOE y que puede llevarlos a no hacer frente a los ajustes justificados por mor de la integración monetaria europea, todo ello, facilitaría que la derecha ahora en el gobierno pueda disfrutar no sólo de su actual mayoría electoral, sino de avances significativos en su capacidad de generar consenso social en torno a un proyecto neoliberal renovado y políticamente más vendible a poco que se sepa soslayar el escándalo y la corrupción más chabacana.

 

Las encuestas irán poniendo de relieve que, en lugar de desafección, es muy posible que la retórica neoliberal pueda ir conquistando posiciones más avanzadas en el cuerpo social. Por ello, esperar a que unos cientos de miles de ciudadanos cambien de nuevo de posición electoral para que los viejos líderes renueven su glorioso mandato me parece no sólo una renuncia explícita a construir una alternativa efectiva de transformación social, sino una conducta que llevará a derrotas menos edulcoradas en el futuro.

 

Por el contrario, me parece que resulta imprescindible que la izquierda que se sienta comprometida con tal nombre debe aprovechar la coyuntura que ahora se abre para reformular un discurso moderno y políticamente tan eficaz como eficazmente transformador de la política, la economía y la sociedad.

 

Quienes han estado tanto tiempo en el gobierno pueden caer ahora en la tentación de pensar que ya todo lo saben. Y quienes estuvieron, desde la izquierda, enfrente suya -la mayoría de las veces con razón, justo es decirlo- también pueden cometer el error de actuar como si nada hubiera cambiado, o como si no se hubiera ya evidenciado que el único camino posible para satisfacer aspiraciones sociales de progreso es aquel que se recorre desde la Unidad de la Izquierda, no desde una sola, sino desde la que es el resultado de concentrar con realismo y democracia todas sus coloraciones.

 En particular, y en lo que se refiere a la coyuntura económica que se ha iniciado, creo que hay tres grandes cuestiones sobre las cuales debe ir construyéndose una respuesta al ajuste que viene y una alternativa capaz de movilizar e ilusionar a los ciudadanos y a los colectivos sociales: la creación de empleo, la concreción de la solidaridad como consecución de una distribución de las rentas más igualitaria y la sostenibilidad medioambiental. 

En relación con el empleo hay que re-plantear como asuntos prioritarios el de la productividad, la lógica del crecimiento y la naturaleza del trabajo en nuestras sociedades.

 

El grado de insatisfacción existente hoy día en el planeta, e incluso en el seno de los países más desarrollados, reclama realmente un uso más intensivo de los recursos. Ello permitiría utilizar, incluso en condiciones de ganancia aceptables para la estabilidad del sistema, los recursos ahora dilapidados al predominar la estrategia que imponen las empresas multinacionales que actúan en régimen de competencia altamente imperfecta.

 

La evaluación más conservadora de la balanza actual entre necesidades y recursos potencialmente utilizables lleva a considerar plenamente factible la potenciación de las actividades productivas más intensivas en mano de obra sin que de ello se derive un perjuicio insalvable incluso para los intercambios que se realizan desde la óptica capitalista.

 

Naturalmente, eso sólo podría suceder si, al mismo tiempo, la regulación macroeconómica actúa fundamentalmente para generar impulsos al crecimiento, en lugar de frenar la actividad, como actualmente sucede.

 

Para generar el suficiente empleo es también necesario plantearse que, pese a todo, la disponibilidad (que no tiene que ser, sin embargo, apresurada) de una base tecnológica más avanzada permite ahorros de tiempo de trabajo, prácticamente en cualquier actividad productiva.

 

Esto implica que mantener el objetivo de pleno empleo requiere no sólo repartir el existente, sino sobre todo «reinventar» el propio concepto de trabajo, o quizá más concretamente, de puesto de trabajo. Los empleos vinculados a la llamada producción ecológica, a unidades productivas pequeñas y descentralizadas, a los contextos comunicativos entre productores y consumidores, y con preponderancia de la actividad humana o incluso artesanal, los relacionados con relaciones económicas exógenas al intercambio puramente mercantil y orientados más bien hacia la producción de valores de uso, entre otros, tendrán que ser objeto de un nuevo tipo de estrategias de empleo cuando la técnica (a la que seguramente no tiene sentido renunciar) permite un régimen de producción de los valores de cambio con menos presencia del trabajo.

 Aunque es conocida la dificultad inherente a definir como objetivo global de la política económica a la igualdad hay un principio que me parece esencial: debe buscarse allí donde se inician los procesos que dan lugar a la desigualdad, mejor que a través de mecanismos compensadores o simplemente re-distributivos. 

Finalmente, también el objetivo global de sostenibilidad debe ser matizado y concretado, entiendo que sobre todo en la línea de lo que podríamos llamar el principio de «limpiar, para producir y consumir con limpieza», esto es, procurando al mismo tiempo la eliminación de los costes sociales actualmente soportados y la generación de los beneficios que llevaría consigo un régimen de producción respetuoso con el medio ambiente y una pauta general de consumo no despilfarrador.

 Pueden parecer asuntos muy alejados del día a día pero creo que van a exigir respuestas muy concretas en el futuro próximo. La izquierda puede limitarse, desunida, a entablar algarabías y a mantener un discurso históricamente mudo o, por el contrario, comprometerse en encontrar lugares de encuentro donde pueda construirse en lo concreto un proyecto político que debe necesariamente ir más allá de la mera alternacia, para soportar una alternativa auténtica a la política económica neoliberal.

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