Globalizados y globalizadores

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Se vuelven a reunir en Davos los políticos y empresarios más poderosos del mundo y esta vez lo hacen envueltos en una atmósfera de optimismo desbordante según se traduce de las crónicas y de las informaciones que dejan caer al exterior. Se acaba de anunciar que la economía de Estados Unidos alcanzó el mucho más que notable registro del 5,8 por cien en el último trimestre, casi el doble de lo que crecen como media las europeas, y mucho más que la alemana que apenas llega al dos por cien. En estas semanas también se han estado anunciando las fusiones empresariales más grandes de la historia y la bolsa de Nueva York proporciona grandes ganancias a los inversores. Se habla ya de la consolidación de una nueva economía basada en las tecnologías punteras y en los servicios más sofisticados que lleva consigo el gran incremento del comercio mundial y de las inversiones y que, según se anuncia, traerá una nueva época de crecimiento estable en la nueva economía mundial globalizada. 

Para colmo de dichas, las organizaciones no gubernamentales no le han aguado la fiesta, como ocurriera en Seattle, así que no hay razón ninguna para que los líderes del mundo no se presenten ante el planeta con la sonrisa más amplia y luciendo sus expectativas más optimistas.

 

Desgraciadamente, no parece que los poderosos que allí se han reunido hayan prestado atención a algunas realidades que conforman la otra cara de nuestro mundo. No hablan, por ejemplo, de que la quinta parte más rica del planeta es la que se apropia del 82 por cien de la ampliación del comercio internacional de exportaciones, o del 68 por cien de las nuevas inversiones directas en el extranjero, mientras que a la quinta parte más pobre sólo le ha correspondido un uno por cien. No parece que se hayan percatado tampoco de que la población que vive en la quinta parte más rica del planeta (dentro de la cual también hay grandísimas diferencias) realiza el 86 por cien de todos los gastos en consumo privado, mientras que al 20 por cien más pobre sólo le corresponde el 1,3 por cien.

 

No parece que les llame la atención que la inmensa mayoría de las inversiones que se realizan se dedican a actividades especulativas, a financiar grandes fusiones empresariales que traen menos competencia y más poder oligopólico y a operaciones de bolsa que no se traducen después en más riqueza productiva sino en una mayor burbuja financiera. Nada les dice, por ejemplo, que los grandes capitales se vinculen cada vez más a actividades fuera del control de los gobiernos. Para nada hacen referencia al papel de los 55 paraísos fiscales que hay en el mundo y a ellos no les sorprende que las casi desconocidas Islas Caimán sean la quinta plaza bancaria del orbe.

 

Cuando hablan de globalización se extasian ellos solos de la facilidad con que circulan sus capitales, pero no mencionan las dificultades crecientes que se les ponen a los seres humanos para traspasar las fronteras y, por supuesto, tampoco hacen referencia a lo que las Naciones Unidas han llamado la «globalización del crimen», a las vastas redes de narcotraficantes, vendedores de armamentos o lavaderos de dinero que sí campan libremente y cuya actividad delictiva se valora ya entre un 10 y un 15 por cien del Producto Interior Bruto mundial.

 No han citado ni de pasada que las doscientas personas más ricas del mundo, casi todas ellas reunidas o representadas en Davos, duplicaron sus ingresos, que equivalen a los de los seiscientos millones de habitantes de los países menos adelantados, solamente entre los años 1994 y 1998. Es natural que no hablen de todos estos datos que proporcionan las propias Naciones Unidas en sus informes sobre el desarrollo humano: no parece que les importe y, además, a nadie le gusta hablar de sus propias vergüenzas.

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