Las propuestas de la patronal y los intereses de la sociedad

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Publicado en Tribuna de los Servicios a la Ciudadanía nº 3, diciembre de 2009  

Es normal que la patronal tenga propuestas propias para salir de la crisis, para gobernar la economía y para regular el mercado de trabajo. Claro que sí. Y es normal también que traten de difundirlas y de ganar aliados para tratar de llevarlas a la práctica. Aliados políticos que las pongan en marcha y aliados intelectuales que las presenten ante la sociedad como el resultado de la reflexión académica y de la más depurada investigación científica.

 

Y es normal que esas propuestas sean asumidas por los partidos de la derecha, como el propio presidente de la CEOE reconoció hace poco en una entrevista en el diario El País (1-11-2009): «El PP ha asumido nuestras recetas». Es lo que ha ocurrido siempre y hay que agradecer que se reconozca de una manera tan paladina esta coincidencia.

 

También es lógico y normal que las propuestas de la patronal sean las que son: el abaratamiento de los costes laborales, la reducción de los impuestos sobre los beneficios que obtienen y sobre el patrimonio que acumulan, el debilitamiento de los mecanismos que equilibran el poder de negociación, la flexibilización de las relaciones laborales para que así puedan utilizar más cómodamente el factor trabajo, las máximas facilidades para la movilidad del capital y la deslocalización, la menor presencia posible del Estado en materia regulatoria para que la actividad empresarial sea más rentable…

 

Últimamente, se vuelven a resumir todas ellas en la necesidad de reformar el mercado de trabajo con la asunción implícita de que eso solo tiene una sola dirección, la que acabo de apuntar; un solo norte, mejorar la posición negociadora y decisora de la patronal en las relaciones entre empresarios, sindicatos y trabajadores; y un único fin, aumentar las rentas del capital.

 

No se puede negar que la patronal tiene una enorme capacidad de conciliar apoyos y consensos en torno a sus propuestas en todas las partes del globo. Cientos de académicos las enseñan cada día como inevitables e inmejorables, los grandes partidos conservadores, como el PP en España, las hacen suyas, docenas de comentaristas y periodistas de todo tipo se dedican día a día a legitimarlas constantemente… Y los organismos internacionales más poderosos se encargan a su vez de propagarlas por todos los confines como auténticos bálsamos de Fierabrás: sea cual sea la situación del país, el mayor o menor avance o la coyuntura de la economía, o la condición real de las clases trabajadoras, siempre habrá un banco central, un FMI o un Banco Mundial ofreciendo la flexibilización, la desregulación y la privatización como solución de todos los males.

 

Gracias a ello, es habitual que las demandas patronales no se perciban como tales sino como la expresión de una especie de código común, como un recetario de amplia aceptación que ha pasado todos los filtros y pruebas y que, por tanto, constituye un saber cierto, una verdad indiscutible.

 

En la entrevista mencionada el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, manifestaba esta típica manera de manifestar los intereses propios como si fueran generales. Indicaba allí que le había hecho ver al Secretario General de la UGT «que la reforma laboral no la proponemos sólo los empresarios, porque prácticamente la misma la piden organismos nacionales e internacionales y personas que están en puestos de responsabilidad. Por eso le dije que si de verdad creía que estábamos confundidos el BCE, el Banco de España, la OCDE, el FMI, el secretario de Estado de Economía, el de la Seguridad Social, Carlos Solchaga, la OIT. No parece normal que todos nos equivoquemos, ¿no?».

 

El razonamiento tiene bemoles. ¿Qué hay en el hecho de que una propuesta la hagan muchos organismos y autoridades que la haga más aceptable o fundamentada desde todos los puntos de vista? Y, sobre todo, por qué aceptar que el hecho de que esas propuestas la asuman muchos organismos, académicos, autoridades y líderes políticos, no precisamente los más representativos, significa que es necesariamente lo mejor para todos los demás ciudadanos?

 

Lo que esa circunstancia significa no es ni más ni menos que la propuesta que defiende para sí la patronal es, justamente, la que asumen también los más poderosos del planeta, precisamente, porque las patronales se cuentan entre ellos.

 

Las propuestas de la patronal son legítimas pero no son verdades, son simplemente lo que son: las demandas que los empresarios que las hacen creen que pueden proporcionarles a ellos más ventajas, más poder y más beneficios.

 

De ninguna manera se puede afirmar, por muchos que sean los cientos de académicos que lo digan, que flexibilizar el mercado de trabajo, privatizar las instituciones del mercado de trabajo, eliminar la negociación colectiva, reducir los salarios o bajar los impuestos va a crear con seguridad más y mejor empleo o que va a hacer que aumente la actividad económica. Ni siquiera las investigaciones científicas que se realizan tratando de corroborar esos extremos tienen solidez absoluta, ni han podido demostrar taxativamente que así vaya a ocurrir porque simplemente modificando las hipótesis de partida, o el marco conceptual en el que se plantean los problemas laborales (solo el mercado de trabajo, o el mercado de trabajo y el de bienes y servicios o este último simplemente) se obtienen resultados diferentes.

 

Se podría aceptar que estableciendo las condiciones laborales y generales de política económica que demanda la patronal se mejoraría la situación de las empresas… pero solo de algunas y no de todas ellas y, además, de modo insostenible a medio y largo plazo, como es fácil comprobar en la experiencia que nos rodea.

 

Lo que propone y lo que puede conseguir la patronal con sus propuestas es sencillamente fortalecer sus poderes de apropiación, es decir, la malla de compromisos y normas sociales y políticas que le permiten influir en las relacio­nes económicas y en las condiciones de las que depende lo que cada cual toma y da en nuestras sociedades. La patronal busca, en realidad, es poder porque con sus propuestas ni siquiera se puede garantizar que a medio y largo plazo se obtengan más beneficios para el conjunto de la clase empresarial.

 

La patronal no entiende (o no le conviene entender porque prefiere el poder al beneficio) que sus propuestas empobrecen los mercados, disminuyen su alcance potencial y que, por tanto, incluso debilitan a la clase empresarial en su conjunto: ¿a quién beneficia un mercado de trabajo de low cost? ¿cómo se puede expandir la clase empresarial y el emprendizaje, como dice desear la patronal, en una sociedad de trabajo precario, de demanda limitada, con un Estado incapaz de financiar las infraestructuras sociales y productivas imprescindibles para dinamizar y ampliar el mercado interno?

 

No sé si la frase es ciertamente de él pero achacan a Carlos Marx una paradójica idea (que en realidad podría ser de cualquier economista que haya descubierto el papel de la demanda que los liberales han desterrado de sus planteamientos con tal de identificarse con los intereses patronales): un empresario en particular busca pagarle lo menos posible a sus trabajadores para ganar más vendiendo sus productos, pero desea que los otros empresarios paguen a los demás trabajadores salarios elevados para que así tengan medios para comprárselos en la mayor cantidad posible.

 

Esa es la cuestión. Buscando tan solo mejores condiciones de negociación para garantizar el beneficio de la franja estrecha de empresas que caben en un mercado jibarizado por los bajos salarios, la patronal empobrece al conjunto de la economía. ¡E incluso a la propia clase empresarial en su conjunto, que cada vez será más reducida! Unos pocos ganarán mucho dinero, pero los trabajadores y la economía en general saldrán perjudicadas. Lo que viene ocurriendo en los últimos años en que se han aplicado estas medidas así lo demuestra de modo bastante evidente.

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