Miseria de la sabiduría económica

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Hace algo más de veinte años, el profesor Rojo escribía en la página 59 de su libro «Renta, Precios y Balanza de Pagos» (Alianza, Madrid 1976) que «el crecimiento económico va acompañado de una paralela expansión de los activos y pasivos financieros, de los instrumentos financieros…Así se genera una superestructura financiera conexionada con la infraestructura constituida por la riqueza material del pais» (el subrayado es mío). La realidad, sin embargo, era bien distinta. Según Aglietta, de 1945 a 1970 el Produto Nacional de Estados Unidos aumentó el 190 por cien, la producción industrial el 200 por cien y el capital para la intermediación financiera destinada a invertirse en los distintos mercados financieros creció el 750 por cien.

 

Es una prueba indiscutible de que el actual Gobernador del Banco de España, ya entonces con fama de ser el más importante macroeconomista español, se encontraba profundísimamente
equivocado y de que no se había percatado de un proceso fundamental que se estaba dando en la sociedad capitalista sobre la cual profesaba. A saber, la hipertrofia de los flujos financieros y su progresiva separación de los movimientos reales.

 

Haber mantenido una posición analítica tan errónea no sólo no ha mermado el reconocimiento y el prestigio académico de Rojo. Más bien todo lo contrario, puesto que los premios,
la influencia y el poder de todo tipo vinculado a su persona ha crecido de manera evidente con el paso de los años.

 

Este ejemplo puede darnos a entender que la naturaleza de los procesos y condiciones que llevan a reconocer la sabiduría en nuestras sociedades, a consolidar como dominante en el ámbito
del pensamiento social a un determinado enfoque o corriente no son tan puros como cabría pensarse. No dependen, como demuestra el caso de Rojo, de lo acertado de las tesis que se
mantengan, de su correspondencia con la realidad, de su rigor o de su coherencia.

 

De hecho, la «sabiduría» económica ortodoxa se ha sostenido sobre principios unas veces indemostrables, y otras sobre hipótesis cuyo irrealismo e inconveniencia han sido rigurosamente
puestos en cuestión. Suele despreciarse tanto la realidad de las cosas, que se puede parafrasear a Eduardo Galeano y decir que economistas ortodoxos tan reputados como Rojo en España y sobre los que descansa el poder académico más importante y la influencia intelectual más fuerte, no han hecho sino «enseñar a ignorar», en este caso, las realidades que deberían percibirse a poco que se quisiera analizar con distancia y sin prejuicios la sociedad y la economía capitalista de su tiempo.

 

En lugar de esto último, su compromiso se ha escorado sin disimulo hacia las tesis más favorables en cada caso para los grandes poderes, para los intereses de quienes, en nuestra
sociedad desigual, tienen a su alcance el disfrute y la capacidad de repartir prebendas y gloria.

 

Ayer, cuando estaba sucediendo todo lo contrario, se podía decir sin que nadie echara más tarde cuentas de ello que los flujos financieros crecían de manera paralela con los reales y ahora se
pueden seguir manteniendo a todo bombo y platillo nuevas opiniones con semejante falta de fundamento, pero que son las que convienen a quienes disfrutan del poder político y económico.

 

Hace unos meses, el gobernador Rojo afirmaba que el Estado del Bienestar había podido provocar un exceso de equidad en España, lo que quizá habría llevado consigo una merma de
eficiencia y crecimiento económico. Dicho esto por quien lo dice, no es sino una forma sibilina de indicar a la sociedad que debe renunciar a más igualdad y justicia. En otra ocasión también reciente ha escrito sobre la inconvenciencia de establecer controles impositivos a los movimientos internacionales de capital, tesis de suyo controvertible y de hecho controvertida que protege solamente a quienes especulan y alcanzan ganancias fabulosas en los mercados financieros. Y viene reiterando de manera cansina que el problema del paro sólo puede resolverse con reducciones salariales y reformas encaminadas solamente a disminuir la protección social y los derechos de los trabajadores.

 

Todas estas opiniones se presentan hoy día fuera de toda discusión, como si fueran la verdad más absoluta. Los que osan contradecir las opiniones de quienes como Rojo constituyen la
faz de la sabiduría están literalmente condenados al ostracismo. Por el contrario, quienes se suman al clamor de unas cuantas frases de perogrullo sin preocuparse de reflexionar sobre su congruencia, sobre sus efectos sociales o sencillamente sobre su correspondencia con la realidad, reciben loor, poder académico y buenas recompensas económicas.

 

Es preciso que los ciudadanos sean conscientes de que las opiniones que emiten con el natural estruendo los grandes prebostes del pensamiento económico y que hacen suyas de manera
inmediata los políticos, grandes empresarios o banqueros no son verdades ciertas, sino expresiones de tesis la mayoría de las veces suficientemente puestas en entredicho por otros economistas y por la propia realidad, que es el mejor juez de las ideas económicas. En todo caso, resultado de su particular punto de vista sobre la sociedad, de su ideología o de sus preferencias personales.

 

No hay razón definitiva alguna, por ejemplo, para sostener que la mayor equidad deba llevar consigo menor eficiencia o que sea un factor retardatario del crecimiento. En realidad, se trata tan sólo de la opinión ideologizada que sólo conviene a quien opta por mantener un modelo de crecimiento desigual y que, para colmo, tampoco es eficiente.

 

El tiempo se encarga ya de demostrar que también ahora como hace veinte años Rojo, y los que mantienen sus tesis, están equivocados en su análisis del trabajo. Despreocupados
verdaderamente por los efectos dramáticos sobre el empleo de la política que siguen, han optado sencillamente por salvaguardar los niveles de beneficio, trasladando a la sociedad que sólo así se podrían crear puestos de trabajo. Su equivocación, claramente interesada, radica ahora en sostener que el problema del paro es un simple caso de desequilibro en el mercado de trabajo, cuando en realidad nuestras sociedades sufren un cambio profundo del que no podrá salirse con éxito si no es con estrategias de transformación global basadas en nuevas pautas de distribución.

 Es lógico que en sociedades divididas se intente ocultar el efecto desigual de las políticas económicas. Y es natural que haya quienes estén dispuestos a prestar su dicurso al mejor postor.
Pero nadie se podrá sorprender si llega un día en que las gentes a las que siempre les toca perder se cansan y les obligan a quitarse la máscara.

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