Recuerdo de Galbraith

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 Es, desde luego, un tópico pero es realmente cierto que la muerte de John Kenneth Galbraith supone una gran pérdida: con noventa y tantos años siguió escribiendo contra el fraude en que se ha convertido el pensamiento económico de nuestra época. 

 

 

 

 Es curioso. Galbraith fue uno de esos economistas que deberían haberlo sido del poder establecido: embajador, asesor presidencial…, pero el neoliberalismo consiguió que apareciera o se convirtiera en un pensador radical, simplemente, porque se preocupaba por la justicia, porque desveló el poder inmenso de los ricos, porque creyó que la ciencia debería ser honesta y comprometerse a descubrir la verdad, no a velarla.  

 

 Su último libro se tituló precisamente LA ECONOMÍA DEL FRAUDE INOCENTE. Se refería al «engaño del libre mercado». Decía Galbraith que ahora, en lugar de capitalismo se habla de libre mercado y afirmaba con razón: que «es difícil imaginar un cambio semántico que beneficie más a los que disfrutan del poder que concede el dinero».  

 

 Hizo aportaciones realmente interesantes, como los conceptos de tecnoestructura o cultura de la satisfacción pero me pareció más destacable que un pensador que conocía bien y desde dentro los entrresijos del poder público siempre señalara que el Estado, en realidad, estaba copado por los poderosos intereses de los ricos: «Un fraude más generalizado domina el pensamiento académico en economía y política: la presunción de que la economía de mercado existe independientemente del Estado. La mayoría de los economistas admiten el papel estabilizador del Estado…. Pero muy pocos economistas mencionan la intromisión de la empresa privada en funciones que, por común acuerdo, deberían corresponder al Estado». 

 

 Los ortodoxos lo despreciaban. En una ocasión le preguntaron al Premio Nobel Myron S. Scholes sobre Galbraith y se limitó a decir que ese no era un economista sino un sociólogo. Lo decía el laureado defensor del mercado que cuando hundió la empresa de inversión para la que trabajaba (Long Term Capital) no dudó en reucrrir a papá Estado. A Galbraith no le dieron el Nobel pero no tuvimos que pensar de él, como de Scholes, que era un chuletas.  

 

 Yo aprendí mucho leyendo a Galbraith. Echaré de menos a pensadores como él.  

 

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