Europa no se cansa de equivocarse: ¡Qué desgracia!

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Publicado en Público.es el 8 de abril de 2020

Francis Bacon decía que el disimulo es una sabiduría abreviada y cuentan que al rey Luis XI de Francia le gustaba decir que quien no sabe disimular, no sabe reinar.

Me vienen a la mente estas frases tras el nuevo fracaso de la reunión del Eurogrupo. Los líderes europeos ni siquiera disimulan sus desavenencias para mostrar solidaridad ante el infortunio y la muerte de los miles de ciudadanos a quienes gobiernan. Cuando escribo a primeras horas de la mañana estas líneas ni siquiera se sabe si ha terminado su reunión, pues anunciaron que seguirían discutiendo por la noche. Me temo que no hace falta esperar para saber que ha sido un fracaso.

Está mal que los diferentes países de la Unión Europea hayan sido incapaces de llegar a un acuerdo sobre las medidas concretas que podrían adoptarse para hacer frente a la pandemia. Reconociendo las dificultades innegables que plantea una situación como la que estamos viviendo, podría admitirse que eso ocurriera y que se tardara en encontrar la mejor fórmula para proporcionar a países tan dispares una solución adecuada para cada uno de ellos.

Sería lógico que, para llegar a un acuerdo satisfactorio para tantos países concernidos, hubiera que recorrer un camino tortuoso y creo que cualquier persona sensata entendería las dilaciones. Lo peor, sin embargo, lo verdaderamente lamentable no es la lentitud, ni la disensión técnica, aunque esto muestre que la Unión Europea es un armatoste que resulta ineficaz cuando la sociedad tiene problemas que reclaman medidas urgentes para evitar, como en este caso, la muerte de miles de personas. Lo que está hundiendo a la Unión Europea es que ni siquiera sepa disimular que sus dirigentes son incapaces de actuar fraternalmente, expresar de vez en cuando palabras de solidaridad y de ayuda y tener, al menos, la sabiduría abreviada de la que hablaba Bacon. Todo lo contrario, están dándole la razón a Luis XI: los líderes europeos no saben reinar.

En su fabulosa novela Trafalgar, Pérez Galdós se refiere a la actuación del pueblo de Cádiz tras el desastre diciendo que «jamás vecindario alguno ha tomado con tanto empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendo entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el amplio pabellón de la caridad (…) Quizás la magnitud del desastre apagó todos los resentimientos» y enseguida se hace una pregunta retórica: «¿No es triste considerar que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos?».

A los dirigentes de la Unión Europea les está pasando lo contrario. Ni en medio de un desastre son capaces de dejar a un lado los resentimientos para hacer políticas auténtica y eficazmente humanitarias, ni la desgracia les está ayudando a actuar como hermanos. Ni ante la muerte son capaces de ser grandes y generosos.

Al paso que vamos, la catástrofe que vamos a padecer los europeos no va a ser la que directamente provoque el coronavirus sino la irresponsable actuación de nuestros líderes.

En la reunión de ayer se discutía la forma de movilizar 500.000 millones de euros. Una cifra de por sí ya insuficiente si se tiene en cuenta que ya hay estimaciones del daño que se va a producir que indican que sólo un país como España podría tener una pérdida de actividad en un primer año equivalente a la mitad de ese medio billón de euros.

Según han informado los medios, en la mesa de la reunión estaba distribuir esa cantidad en tres medidas: 200.000 millones para que el Banco Europeo de Inversiones proporcione garantías paneuropeas a los bancos; otros 200.000 millones para que el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) conceda préstamos de rescate (dando por hecho que va a haber que rescatarlos), sobre todo, a España e Italia; y 100.000 millones para ayudas al desempleo (dando, pues, por sentado, que no se va a evitar sino que va a multiplicarse).

Como en ocasiones anteriores, Alemania y Holanda se atrincheran para obligar a que la intervención y las ayudas no sean, en ningún caso, mancomunadas; para que los préstamos del MEDE vayan unidos a condiciones que obligarían realizar nuevos recortes; y para evitar por todos los medios que las ayudas al empleo se consoliden, convertidas más adelante en un seguro de desempleo europeo.

Esas tres medidas, para colmo, ni siquiera concitan el acuerdo de los países más afectados, Italia y España. Los italianos se niegan, con razón y por dignidad, a ser rescatados por el MEDE. España afirma que no necesita todavía esa posible ayuda (lo cual, por cierto, sorprende porque hay miles de empresas y autónomos que todavía no han recibido ayuda alguna) pero estaría dispuesta a ceder, recibiendo el préstamo del MEDE, si no conlleva una condicionalidad muy dura y a cambio de que se ponga en marcha un Plan Marshall que facilite la reconstrucción. Una apuesta arriesgada esta última porque equivale a dar por hecho que la destrucción se va a producir, en lugar de luchar por evitarla.

El error de todos estos dirigentes es histórico y fatal porque, a diferencia de lo que ha solido ocurrir en otras crisis anteriores, ahora hay una coincidencia bastante grande entre economistas de muy diferente signo o matiz ideológico.

Incluso alguien tan poco sospechoso de extremismo, el anterior presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi, ha defendido prácticamente el mismo camino de actuación que llevamos reclamando muchos economistas de todas las tendencias en las últimas semanas.

En un artículo publicado en el Financial Times el pasado 25 de marzo (aquí), dice que el coronavirus es «una tragedia humana de proporciones potencialmente bíblicas», «una recesión profunda es inevitable» y que el desafío al que hay que enfrentarse es el de actuar «con suficiente fuerza y velocidad para evitar que la recesión se transforme en una depresión prolongada… que deje un daño irreversible». Y con rotundidad afirma que la respuesta va a implicar un aumento significativo de la deuda pública porque «la pérdida de ingresos sufrida por el sector privado… debe ser absorbida, total o parcialmente, por el presupuesto del gobierno».

Draghi afirma que «debemos proteger a las personas de perder sus empleos en primer lugar» pero también es esencial, sigue diciendo, «que todas las empresas cubran sus gastos operativos durante la crisis, ya sean grandes corporaciones o incluso más pequeñas y medianas empresas y empresarios autónomos».

Para que eso sea posible, Draghi dice que «los bancos deben prestar rápidamente fondos a coste cero a las compañías que pueden salvar el empleo» y reclama que se movilice todo el sector financiero europeo con la ayuda de capital si hace falta de los gobiernos.

Si se actúa así, sigue diciendo, «los niveles de deuda pública habrán aumentado. Pero la alternativa, una destrucción permanente de la capacidad productiva y, por lo tanto, de la base fiscal, sería mucho más perjudicial para la economía».

Lo que dice Draghi es lo que vengo diciendo en las últimas semanas y me alegra que alguien con tanta información y crédito lo corrobore, aunque no comparto con él el dejar a un lado al Banco Central Europeo a la hora de dar soluciones (ni tan siquiera lo cita en su artículo). A mi juicio, es la pieza fundamental para evitar que ese incremento de deuda que él ve imprescindible se convierta en una losa fatal pasado mañana. Dejarlo de lado es un error descomunal y tengo la completa seguridad de que, antes o después, tendrán que rectificar para obligarle a actuar con toda su potencia.

Coincido, en fin, con un vaticinio último de Draghi que yo desearía que fuese un simple error de predicción: «el coste de la vacilación puede ser irreversible».

La situación europea es muy preocupante no sólo porque sus ministros de economía y finanzas y sus jefes de gobierno vacilan, sino porque ni siquiera logran disimular ante los europeos de todas las nacionalidades y grupos sociales para mostrar que, al menos ante la desgracia, son capaces de darse la mano y de hablar sin reproches para transmitir mensajes de esperanza, de cooperación y solidaridad. Con su desunión condenan a sus pueblos y prenden fuego a la Unión Europeo. Será un milagro que los pueblos no le devuelvan la factura pero, al final, seguro que no la pagan los burócratas que gobiernan las instituciones europeas sino, otra vez, la población más débil y necesitada. Están convirtiendo a Europa en una verdadera desgracia.

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